
Historia económica del flamenco (I). Gabrieles tus muertos.
En 1999, un conocido grupo de izquierda, el Grapo (y no damos más pistas) tuvo la gran idea de demoler el Valle de los Caídos: desgraciadamente no se pudo dinamitar el horrible mausoleo del dúo de moda en los años 30 (Franco y Primo de Rivera) y sepultar en toneladas de escombro a la repugnante clericalla que guarda las tumbas de tan egregios criminales.
En 2008, una persona fue condenada a 7 años de prisión por el pequeño explosivo que llegó a volar una parte ínfima de la basílica que hay allí… Se podrían poner miles de ejemplos de la importancia simbólica que tienen determinados enclaves en una cultura de una memoria tan enferma como la española: en otro orden de cosas y tiempos, podríamos hablar de simbólicas guerras territoriales desde el palacio de Carlos V en medio de la Alhambra, la aberración que es la catedral de Córdoba dentro de la mezquita, la conversión de la antigua sinagoga mayor de Segovia en una iglesia cristiana: todo un problema de representación de una cultura que siempre ha pretendido tapar y silenciar, ocultar con piedra, cemento y ladrillo y mostrar la mole como amenaza. Todo intento de destruir esa mole, ese gigante de vigilancia, miedo y represión se convierte en una legítima defensa para instaurar una memoria de pueblo más sana. Como decía un anarquista antiguo: destruam et aedificabo: destruiré y construiré.
Hoy vamos a hablar de lugares, de enclaves simbólicos, hitos que encarnan un modo de representación, de visibilización; y que conllevan, de algún modo, todos los problemas políticos de esos monumentos de los que hablábamos hace un instante; eso sí, en otro orden de cosas: ese que llamamos flamenco (y nos gusta llamarlo “flamenco”, porque nadie sabe de dónde viene la palabra y su significado se ha ido forjando a golpes de hambre en la tapa de la guitarra).
También el flamenco tuvo sus catedrales, lugares donde se escenificaba todo un rito social de dominantes y dominados, de señoritos y siervos, de intercambio de máscaras, de disfraces, con algunas que otras Saturnales, mas siempre con una estampa final en la que se delimitaba a la perfección el diseño social, económico, clasista de una época oscura, pero tensa: la misma época que condujo a España a la revolución social durante las primeras décadas del siglo XX.
Hace poco, varios colectivos okuparon un espacio mítico del flamenco madrileño, Los Gabrieles, que tuvo una errática existencia hasta convertirse en un garito del madrileño barrio de Huertas para pijerío de jersey sobre los hombros y pendiente-perlas y guiris atraídos por la azulejería (alicatado hasta el techo, por favor, que si no no obro como dios manda). Este programa pretende dar alguna luz sobre el sentido de Los Gabrieles en el devenir del flamenco en Madrid y, por ende, en España, y de otros lugares semejantes: cómo y por qué afloraron, quién estaba detrás y qué significaron en la configuración del cante, el toque y el baile.
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Podríamos escuchar ahora a Antonio Chacon por Caracoles, porque en este cante -los Caracoles- se pueden rastrear algunas claves de lo que supuso Madrid para el flamenco. Molina y Mairena suponían que estas cantiñas pertenecían al repertorio de la bahía de Cádiz y que fueron readaptados por Tío José el Granaíno. Según Blas Vega, el origen de la letra de este cante se puede rastrear en parte hasta un album de canciones andaluzas de mediados del XIX (El genio de Andalucía) y en otra parte, la del pregón, hasta la zarzuela Jeroma la Castañera, que se estrenó en 1843. El artífice de este cocktail sería Tío José el Granaíno y, vía Paco el Sevillano, se fue aligerando como una cantiña para bailar. Fue Chacón, quien en su entrada triunfal en Madrid, le dio la versión que se ha impuesto: entonaciones de romera, acoples de cantiñas diversas, con cierto empaque de cante para escuchar, aunque ágil y bravo. Chacón cambió la letra primitiva “Como reluce / Santa Cruz de Mudela / cuando suben y bajan / los andaluces” (Mudela, en Ciudad Real, era un nudo ferroviario entre Andalucía y la Meseta) por “Como reluce / la gran calle de Alcalá / cuando suben y bajan / los andaluces”. Los Caracoles sintetizan el momento en que el flamenco se convierte en mercancía, lo cual no supuso una ruptura sino, como señala Cristina Cruces, “una nueva de ejecución y ritualización, plenamente inserta en el movimiento romántico, la herencia del majismo, el casticismo y el gitanismo, y la extensión del “exotismo a la Andalucía del XIX”. Esta escena impresionista que pintan los caracoles: la calle de Alcalá, los toros, los toreros, los majos, las mozas, las frutas y verduras, el lenguaje picante y los pregones se encuadra a la perfección en esa “moda flamenca” que se extendió por toda España; una moda que adoptaron, principalmente, las clases altas como atavío, o travestismo. Hay testimonios de ello en autores tan poco proclives a la crítica social como Zorrilla o Juan Valera, incluso Pardo Bazán narra cómo, desde la Restauración borbónica, y en parte por desplante nacionalista frente a Amadeo de Saboya, esa moda flamenquista se ha extendido por la Península e incluso llegado a Galicia: cafés cantantes, lenguaje taurino, navajas, vino manzanilla y “claro, la gente elegante lo imitó y ahora ya es una epidemia, y entre patriotismo y flamenquería, guitarreo y cante jondo, panderetas con madroños colorados y amarillos, y abanicos con hazañas de Fracuelo y Mazzantini, hemos hecho una Españita bufa, de tapiz de Goya y sainete de D. Ramón de la Cruz. Nada…, es moda y a seguirla”.
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Pérez Galdós o Clarín también se hacen eco de este fenómeno de travestismo, mediante el que las clases altas se intentaron hacer una idea de lo popular en tanto fiesta, se apropiaron esquizofrénicamente del concepto que habían generado (de la idea que se habían hecho, vamos) y, como no podía ser de otra manera, lo proyectaron sobre sus propias estructuras de dominación y sometimiento a través del dinero (las únicas que conocen desde siglos), convirtiendo el flamenco en mercancía y generando el espacio de la juerga flamenca: un espacio en el que se reproducía a la perfección el esquema social de clases: el amo y el esclavo, el que paga y el que tiene que aguantar sin rechistar los excesos y sobradas del señorito, la mayoría de las veces más preocupado, como siempre, por las tetas y culos de las acompañantes que por el cante en sí, que sirve de decoración, de elemento ambiental a una pantomima de interclasismo, en el que, por mucho que todos fueran ataviados con vestimentas populares, como siempre, la diferencia se encontraba en quién llevaba la bolsa con la pasta.
La bolsa con la pasta: la bolsa o la vida… González Climent diferenciaba la juerga flamenca inauténtica, la meramente económica, de la juerga como espacio de acontecimientos donde surgía “la fecundidad del desorden”, “el despilfarro flamenco” y “la anarquía de la plasticidad psicológica y artística del flamenquismo”, un espacio donde “nunca se sabe cómo y cuándo, se pasa de la bastardía a la pureza, caprichosamente, a modo de tránsito misterioso”, donde “En un impresumible juego de posibilidades, el resultado artístico de la juerga puede llevar toda clase de signos. El negativo le es familiar, pero no es imposible el contrario”. Sí, uno cree estar escuchando ecos de la teoría del carnaval de Bajtin o incluso del potlatch situacionista. El propio Climent, tan agudo siempre, describe la “juerga inauténtica”: “Es esta juerga cotizada de las grandes urbes, juerga por encargo, sindical. En las barras de los bares flamencos de Madrid y Sevilla, Barcelona y Málaga, existe un verdadero stock de cantaores, bailaoras, guitarristas -¡hasta de meros jaleadores!- a los que se contrata a destajo (…). La mecánica es simple: tantas coplas, tantos duros”. En esta juerga no surge el flamenco, no hay una exposición real del cantaor o tocaor, un roce a la inclemencia externa que produzca un latigazo de ese cante que estremece, sino que lo que se da es un espacio económico que es juzgado de acuerdo a su adecuación con una imagen predeterminada: es decir, si se ratifica “punto por punto su disparatada previsión de lo flamenco”. Para que todo esto se posible es necesaria una condición: que el señorito y el aristócrata se “desclasen” y se aplebeyen a través de mímesis de actitudes, palabras y vestimentas de esas clases bajas que son las que generan ese requisito indispensable para la fiesta: el cante. ¿Se imaginan ustedes que las señoritas de las clases altas, en lugar de aprender a tocar el piano y repetir hasta la saciedad el Para Elisa de Beethoven o el Claro de Luna, amén de los Schumann, Schubert, etc., se hubieran puesto a cantar por seguiriyas o a bailar por bulerías? No. Eso es lo que diferencia el fenómeno del flamenquismo de la asunción de la mal llamada “música clásica” por parte de esas mismas clases: ellas nunca la produjeron, ni la interpretaron, sólo les interesaba comprarla y pagarla: convertir al cantaor y al bailaor en un siervo más, una figura sometida a su rango. Párate un momento a pensar, querido lector, qué significa realmente escuchar a Lorca haciendo aires flamenquistas al piano (¡¡¡al piano!!!), o una obra como El amor brujo de Falla: cuánto amor de compra y venta, como cantaba el Jeros, ha tenido que pasar hasta llegar a ese momento. Esta pantomima de interclasismo se da principalmente en sociedades urbanas: principalmente en Madrid, que se convierte en el epicentro de esta epidemia flamenquista.
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Chacón fue el primer cantaor en cobrar una cifra astronómica por una noche de cante. Fueron 20 pesetas, más del doble de lo que ningún otro había cobrado nunca, pero Chacón venía del arroyo y desde niño se vio en esto del cante para ganarse la vida en giras que eran peripecias, por los caminos de Andalucía, hasta que, como si de una banda de carretera se tratara, se hizo nombre y entró en la nómina de Silverio Franconetti, uno de los primeros empresarios del cante. Entró con esas veinte pesetas y Fernando el de Riana apostilló: “¡Hay que ver! Los cantaores más notables que hasta entonces se había conocido nunca cobraron más de diez pesetas de jornal”. En una tradición que era muy fecunda en la tauromaquia, entró en “rivalidad” con Francisco Lema Fosforito hasta el punto de que las empresas que llevaba a ambos cantaores solapaban las actuaciones de ambos para que no coincidieran las horas y el público entregado pudiera acudir al trayecto entre las sevillanas calles del Rosario y Tarifa para poder establecer comparaciones entre ellos. Chacón, uno de los grandes genios flamencos, no fue, en sentido estricto, un empresario como lo fue Silverio, no tuvo nunca su propio garito, pero fue una de las figuras más mediáticas del cante. No se nos debe pasar por alto, querido lector, que tanto Silverio como Chacón eran payos, que aún tendrían que pasar años para que un gitano avispado y turbulento como Manolo Caracol decidiera montar su propio y exitoso negocio en Madrid, Los Canasteros. Un día, Chacón estaba cantando en Los Gabrieles, en Madrid, en la calle Echegaray, el local recientemente okupado, y el dictador Primo de Rivera -general para Blas Vega- junto a un grupo de aristócratas y lameculos (o aristócratas lameculos, para qué distinguir) acudió a escuchar al maestro jerezano. Blas Vega habla de que “La calidad del local, del restaurante, su decoración de azulejería sevillana y de motivos taurinos, hizo que allí se celebrasen las mejores reuniones del mundo elegante. Fue el punto de cita de los noctámbulos madrileños y el colofón de cualquier acontecimiento importante, tanto artístico, como cultural y social. Y, al amparo de Chacón y de esas fiestas, allí los artistas encontraron una forma mas cómoda de trabajo que la de los cafés cantantes, y además mejor remunerados, pues rara era la noche que no participaban en una y hasta en dos fiestas”. La cita de Blas Vega es impagable y hace gala, desde una perspectiva flamencológica, de eso mismo que denunciamos: el hecho de la producción y gestión de una mercancía “flamenco”, alejada de los entornos autorreferenciales de las fiestas familiares, de las reuniones de cabales y de la liturgia flamenca que, desde la perspectiva maireniana, matizable, e incluso cuestionable, pero admirable, intentó promover una visión política del cante ajena a la sumisión económica y a la escenificación codificada de la juerga por dinero.
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Forzando un poco la cosa y/o adoptando ahora una posición un tanto sausseriana, se podrían releer las posiciones de un Mairena o, más actualmente, el francés Pierre Lefranc señalando la explotación capitalista del cante como origen del flamenco. Para Mairena o Lefranc (sobre todo para el segundo) el flamenco es un producto del capital, y para justificarlo, hablan de un proceso estético anterior al que llaman cante gitano-andaluz, música con un valor exclusivo de uso. Según éstos, y seguimos más bien a Lefranc a partir de este momento, el capital se apropió al calor del romanticismo del cante primitivo-andaluz y lo adaptó a sus gustos y caprichos lo que dio lugar al flamenco. Dice Lefranc: “Después de casi cincuenta años pasados en la Baja Andalucía, la palabra “flamenco” me gusta menos cada día. Pepe de la Matrona solía decir que el flamenco existía siglos antes de la palabra. Pero dicha palabra sólo corresponde a una etiqueta comercial que fue inventada por la prensa sevillana hacia 1860 para designar el conjunto que estaba tomando cuerpo como mercancía. Una etiqueta comercial, que yo sepa, no tiene ninguna autoridad, sea doctrinal o sea científica (postrarse ante ella para interrogar su etimología también es un rito casi alucinante). Ya que dicha palabra designa todo lo que se vende bajo ese nombre, ¿cómo, utilizándola, vamos a distinguir?”
Estos argumentos no nos dejan de parecer certeros y críticos, como decíamos antes, pero, sin embargo, démosle una vuelta de tuerca: sin explotación no hay flamenco, o incluso más: sin explotación no habría siquiera música flamenca.
El problema de autores como Mairena o Lefranc (en el caso de Mairena, secundario con respecto a todo lo que dió) es que en vez de aceptar que ese cante anterior a la explotación está extinto, parecen ver en el flamenco (música de cambio, de comercio) una sombra en la que ese cante anterior, el gitano-andaluz (el verdadero, la pureza) todavía pervive, impermeable: la esencia (en todo sentido) incorruptible del cante, anterior en tiempo y que todavía se deja escuchar en esos espacios de la mitografía que, como decíamos, son las fiestas privadas, en donde, suponemos, la Niña de los Peines le cantaba las seguiriyas del Nitri a Gerineldo bajo la aquiescencia de Undibé. Efectivamente, como decíamos con Climent, la fiesta al uso (que no al cambio) es un espacio donde el dispendio del flamenco puede acontecer, pero ese espacio ya no es sin el capital. Es decir: las fiestas flamencas suceden a la sombra del capital y sin capital, esas sombras no exisitirían. Porque, ¿acaso es posible situarse aunque sólo sea anímicamente en un momento anterior al capitalismo? Lefranc o Mairena piensan que sí, y así son capaces de cerrar una teoría económica del flamenco. Es como cuando Heidegger, en su crítica a la técnica, tiene al zapatero como modelo de hacer: en vez analizar políticamente el funcionamiento y función de la técnica en nuestro tiempo, nos remite al modelo de un espacio pre-capitalista, no sólo ya imposible y mítico, sino incluso jamás existido. Así lo piensa Gunter Anders.
En definitiva: hay fiestas, pero estas sólo toman sentido y forma como resistencia al capitalismo.
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Esos cuarenta años que Lefranc pasó de la mano de Fernanda de Utrera, Anzonini del Puerto y otros, absolutamente envidiables, le hicieron pensar a Lefranc que la comercialización del cante conllevó únicamente la aparición de los cantes ligeros, más festeros, para grandes públicos, como la milonga, la farruca, el fandanguillo… y que en la seguiriya, toná, soleá o bulería, resiste la estirpe pura del cante. El caso es que un vistazo a la fonografía desmiente, en algún punto ese argumento. Si se supone que con el tiempo se perdió en jondura, y con jondura se entiende el peso, la lentitud, la solemnidad, no se alcanzó la jondura no se alcanzó hasta finales de los sesenta. No hay más que comparar las seguiriyas grabadas por un Mochuelo, un Torre o una Niña de los Peines con las de un Sordera o un Terremoto. Y como ocurre en las seguiriyas ocurre en el resto de esos palos presumiblemente vestigiales.
No queda claro cual fue la influencia que el dinero tuvo en la propia música ahora llamada flamenca. Desde luego que hizo que surgieran verdaderas heces aburguesadas, pero también es muy posible que permitiera que personajes como El Planeta o Silverio pudieran desarrollar ciertas tensiones estéticas y formales que al calor de una fiesta no pueden surgir más que cuando el alcohol ha cargado ya la suerte de varas y el ánimo festero se convierte en escucha serena.
Quizá resulta que, finalmente, la pureza más pura, el valor de uso más inquebrantable, se encuentra por detrás en, por ejemplo, los verdiales malagueños y, por delante, en los tercios por bulerías, tangos o rumbas que cantiñeán los gitanillos de las 3.000 o el Rastro. O no. Lo que parece seguro es que la única pista a seguir que tenemos para entender lo que el dinero supuso en el cante es la ofrecida por Antonio Mairena.
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A lo largo de varios programas, como podrás ver, querido lector, vamos a marcar algunos hitos para lo que podría ser una posible y necesaria historia económica del flamenco: la relación del flamenco y los flamencos con el dinero y los espacios en donde éste se produce y se gestiona. Hoy estamos tratando una cuestión vinculada con Los Gabrieles, podríamos estar hablando del Villa Rosa o de otros lugares de profesionalización del cante: El Edén Concert, Victoria, Paraíso, De la Viuda, Monedero, Hileras, Encomienda, el del Gato. Lugares por los que pasaron Juan Breva, Manuel Torre, Pepe de la Matrona, Juanito Mojama, La Niña de los Peines, Miguel Borrull, Ramón Montoya y otros nombres de la mitología flamenca, junto a figuras desconocidas o referenciales para esta enfermedad que se llama flamencología y que produce flamencólicos. Lugares a los que se venía a actuar desde los epicentros generadores de cante del Sur, el centro y el norte que afianzaron una relación determinada con esto que amamos. Volvemos a Blas Vega, sin epítetos, para que os quede claro de qué van los tiros, y no son de farlopa: “La verdadera popularidad de lo que llegaría a ser Villa Rosa, a nivel de fama internacional, arranca con D. Antonio Chacón, artífice propulsor de aquel engrandecimiento. Pajares inició su nueva etapa en 1921, con una fiesta que organizó el conde de los Andes en honor a Chacón. Acompañaron a este Manolo Pavón y Ramón Montoya. El auditorio que escuchó a Chacón un amplio repertorio de cantes, en el más absoluto de los silencios, estaba compuesto por un público distinguidísimo. Un curioso contó alí reunidos a 21 títulos nobiliarios, y en la puerta se vieron juntos varios autos blasonados”. Las palabras de Blas Vega producen vómito: “el conde de los Andes”, “un público distunguidísimo”, “21 títulos nobiliarios”, “autos blasonados”. Todo ello no hace sino enmascarar, mediante un discurso oficialista y colaboracionista, una miseria: no vamos a hablar de “una venta” o una “prostitución” como hicieron los bienpensantes de Falla, Zuloaga y Lorca en el festival de Granada de 1922. El flamenco, como cualquier arte, es mercancía, pero entre tanto abrigo de piel, espada militar y cuello duro burgués, no dejamos de ver una sumisión, el establecimiento de una estructura, un dispositivo, que sería interesante comparar con las apropiación de los aristócratas y burgueses de la ópera: no porque nos interese en concreto la ópera, sino porque nos interesa pensar en esos espacios de identidad y lo que significan.
Nada Más por hoy. Salud y expolio.